Rosa Cruchaga de Walker

Mi estadía de seis años en Madrid incluyó asistencias esporádicas como alumna "regular" a la Universidad Complutense, Facultad de Filosofía y Letras. Pero recuerdo la impersonalidad de aquel humanismo y mis verdaderas nostalgias de la Universidad Católica. Allí, el catedrático, sobre un estrado con más gradas que comulgatorio, impartía su erudición a cinco micrófonos. Los alumnos sobre butacas, como de cine, nos ignorábamos, pues pasábamos de 200. Jamás se pedía un lápiz prestado, jamás un S.O.S. de alguno que quedó atrasado en los apuntes. Más que un aula actual parecía aquello una sala de espera del siglo XXII, interpretada por Fellini.

Nuestra repatriación desde España fue difícil. Fue en 1976, era de cambios, de los que el tiempo y Dios harán el juicio. Uno a uno volvían desde España los hijos, con sus certificados convalidares en ingeniería, teología y medicina. A todos los acogió la Universidad Católica, y a todos la casa de mi madre.

Al volver a Chile, concurrí por segunda vez al taller de poesía de Roque Esteban Scarpa, taller que significaba créditos para los titulables en Pedagogía en Letras, y que sería la única vez en que tal actividad funcionó en forma estable en la pontificia institución. Este taller de Scarpa guiaba a cada uno por su vena. Al romántico por el romanticismo, Al absurdo por el absurdo. Al simbolista por el simbolismo. A nadie le quitó aguas Scarpa, para su molino.

Bajo el amparo de ese taller de Letras de la Universidad Católica surgió el libro de poemas más querido por mí, y más reconocidos como humanos, hasta por mis oponentes. En tal libro parezco deslizarme de la propia piel para asumir la de los prójimos. Me refiero al libro "Bajo la Piel del Aire".

Si se me preguntara cuál de las obras estudiadas desearía yo haber escrito ... contestaría que el "Pájaro Azul" de Maurice Maeterlinck. Aunque me apena que su autor, siendo un alumno de Loyola, apostató de tan insuperable formación. En su obra onírica "El Pájaro Azul" me siento interpretada, por fin. Allí Maeterlinck expresa que la felicidad humana, que es del color azul de un pájaro, se pierde cuando uno pretende atraparlo. Pues el ave de azul intenso se diluye en bandadas de pájaros celestes... Confieso que la personalidad de Maeterlinck me fascina y me asusta, pues fue, a mi juicio, insuperable poeta- sicólogo, en el "Pájaro Azul". Fue científico profundo en microcosmos en sus obras científicas: "Vida de las Abejas" y "Vida de las Hormigas". Pero fue teólogo nihilista en su ensayo acerca de la muerte. Y aunque Premio Nobel en Literatura .. . "de qué le vale al hombre ganar sólo este mundo".

Para compensar esta desequilibrada admiración por el autor de "El Pájaro Azul", escribí unas parcas líneas recurriendo al teísmo aterrizado de Santa Teresa de Avila. Recurrí a su fe y a su estilo —hasta donde yo puedo —en las dos estrofas que dicen así:

No sé mi Dios, qué busco y qué rehúyo
en tanto menester diverso. Cuyo
resultado común es descontento.

Pero barro, y mi polvo se hace tuyo:
si te lo llevas en el viento,

Si debiera mencionar temáticas que inspiraron mi poesía, diré: la maternidad, la muerte y la responsabilidad del propio rendimiento, para un resultado que es humano y divino.

La maternidad, lo que comúnmente para las mujeres ha sido motivo de gozo, para mí ha sido de cavilaciones. Esto por temor de imprimir en los hijos, defectos e imperfecciones, por los cuales yo he padecido anteriormente.

Es en mi libro "Descendimiento", donde más se destaca ese sentimiento, plagado de dramáticas reflexiones de mujer joven ante cada nueva maternidad. De aquel libro leo el poema:

CRECIENTE

Tres veces dejé mis ojos
en párpados de mis hijos.
Aún me alzo por atisbarlos,
igual que el vaciado trigo.

Urdiendo esmeradas carnes,
de fibra y mano he rendido.
Más vacía estoy en venas
que llenaron las del hijo.

Ya sobro en mis años.
Nadie tan largo y hondo ha sentido
Por seis brazos los cansancios.
Por tres espaldas los fríos.

Yo, desde niña cobarde:
que a la muerte prefería,
cuando de mí —por fin— huya,
más sola quedo en mis hijas.

¿Que muero, en el hondo sueño,
si a mis tiernas seis pupilas:
siguen rasgándolas bosques,
y ahogándolas neblinas?

¡Ahí Eternidad sin descanso,
aun cuando el hijo agoniza.
Muero otra vez pero broto,
en el vientre de sus hijas.

         
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