La figura de Miguel Cruchaga Tocornal, tío de los nombrados y de mi padre, era muy dulce y cauta y profunda. Aparte de su prestigio como internacionalista, vale la pena recordar la más relevante de sus actuaciones diplomáticas, que él silenció por modestia. Siendo embajador en Washington, en una época en que las relaciones entre México y el Vaticano estaban rotas, él se propuso restablecerlas. Se desplazaba frecuentemente desde su sede a México y también a Roma en procura del objetivo. Todo este gran esfuerzo material lo financió por sí mismo. Lo que lo llevó a morir pobre, pero le valió el apodo de "Palomo", por conseguir la paz entre esos estados y entre otros que tenían dificultades. Frecuentes telegramas a sus parientes en Chile, pidiendo apurar la venta de la siguiente casita de arriendo, fue la fórmula usada, para reinstalar una Nunciatura Apostólica en Ciudad de México. Como una muestra concreta de esa gestión, él conservó hasta su muerte una enorme fuente de plata con los nombres firmados de las agradecidas damas de las Lomas de Chapultepec.
El más grande de esta familia, fue sin duda el más disminuido de estatura física y salud. Me refiero al padre Alberto Hurtado Cruchaga, sobrino de los anteriormente citados. Todos sabemos que en oración y acción en bien de los pobres, desplegó una energía desproporcionada con su magro aspecto, como lo describen sus biógrafos Alejandro Magnet y Carlos Lavín, S. J.
Quienes hayan visitado la casa madre de los Cruchaga en el Valle de Urzaínqui en el Roncal, Navarra, recordarán que sobre la tosca chimenea de piedra hay fotografías de los parientes de Chile. Y que aquellos labriegos semianalfabetos las ostentan con orgullo a los visitantes.
De nuestros años españoles quedan recuerdos importantísimos. Allá se gestó la vocación religiosa de Jerónimo. Allá fue salvada milagrosamente Bernarda, a raíz de un grave accidente, que dejara como positiva consecuencia mi fe en la amistad de los españoles. Podría dar una buena nómina de escritores hispánicos que concurrieron al Te Deum en el Sagrado Corazón de Chamartín, y de padres de condiscípulas de ella que aportaron sangre y ayuda bancaria para su salvación. Aún más favores recibimos de los españoles. Me publicaron en ABC, me llevaban a conciertos en el Teatro Real, confiaron trabajos siderúrgicos a mi marido, y, sobre todo, nos quisieron y nos sostuvieron en difíciles momentos. Aquellos tiempos en España fueron fielmente asistidos por cartas y visitas de mis compatriotas. Hugo Montes desde Costa Rica concurría a los aniversarios del Colegio Mayor Guadalupe en Madrid. A veces convocaba a su doméstica prima Rosa a festejos oficiales en el Instituto de Cultura Hispánica. Luis Vargas y su mujer Carmen Bullemore desde Australia llegaban ansiosos de arte ai Museo del Prado, Y allí al "Carro del Heno" del Bosco o a "La Rendición de Breda", de Velásquez. Andrés Gallardo desde Buffallo, venía a entusiasmarnos para las horchatas de la Gran Vía o las tertulias literarias de López Anglada. Así, indirectamente, me tocó conocer y tratar a los que viven en España de la Generación del 27: Gerardo Diego, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre.
Mi gran hallazgo humano en Madrid fue José María Souviron. Le había conocido en Chile y en otros viajes a España, y ahora, que enfermaba y envejecía, su figura se sobrehumanizaba. No olvidaré el estribillo que usaba en sus conversaciones cuando me notaba despreocupada en cuanto al destino escatológico del hombre. Me decía y repetía la frase de Baudelaire: "La mayor astucia de! demonio consiste en haber convencido a los humanos de que él no existe". Recuerdo a Souviron en la Clínica de la Concepción, casi al morir. Estaba lleno de tubos de oxígeno y suero, y jadeaba. Yo, torpemente, para buscar tema le dije: "¿Has escrito algo últimamente". Y me espetó con ojos abrillantados: "No seas tonta, Rosa. Ya estoy por morirme y me preguntas por literaturas. Yo estoy gazuzo esperando a Dios. Espero su encuentro con tal ilusión como una novia al novio, en su lecho nupcial".
Meses antes de dejar Madrid tuve carta de Chile en que se me participaba la muerte de Mercedes Aívarez, la nana de mis hijos. Recuerdo que, llorando, surgió allí el único poema que no requirió correcciones:
Se titula,
AVENIDA LA PAZ
(A Mercedes Alvarez)
Por fin, tosca Mercedes, te refinas.
Te han puesto en un cajón con indulgencias.
Y te llevan, cubierta por hortensias
que plantaste, a la tierra en que terminas.
Por fin sin reumatismo. Y no caminas
arrastrando en pantuflas tus paciencias.
Vas en hombros, hoy te hacen reverencias:
los amos de jardines y cocinas.
Hoy tus flores barriendo las basuras.
Hoy es viernes de feria y no te apuras:
Pues nadie hoy te dirá: "te has atrasado".
Por la calle del río y del Mercado
al descanso —Mercedes que has comprado—.
En tu cesta te vas. Entre verduras ...