Rosa Cruchaga de Walker

II

La sala grande donde se trabaja y se come, tiene mucho aire  que no se ocupa. Con los  años ha formado una especie de vaho grisáceo en los rincones. Se la  sacude, con la ventana abierta, rigurosamente  todas las mañanas, pero siempre queda igual y se hace notar al sol como anchas columnas de puntitos que podrían ser polen, átomos de cintas o microbios ínfimos y potentes. Por la  tarde estas columnas deben estirarse y juntarse unas con otras, pues forman como un tul que forrara las paredes. Cuando se piensa que este tul es el mismo todas las tardes, uno se siente protegido.

Hay una silla balancín que siempre está en movimiento porque queda en la pasada y la echan a andar con un codazo. Con ella al frente nadie se siente demasiado sola. Es delicioso estarse en ella dando la espalda a la ventana abierta; no se acerca y se aleja del viento; se siente el ruido de las ramas, y se puede pensar que la silla se está deshojando, que se afina poco a poco, que va a acabarse del todo, y que, luego seguiremos nosotros en eso mismo: haciéndonos más livianos en cada vaivén, sin agotarnos nunca.

III

- ¿Te conté? - interrumpió entusiasmada la madre. - ¡Llegó!

- ¿Quién llegó?

- La pieza de lino que encargamos a Santiago, pues.. Mira: ya los tengo todos cortados. ¿Vas  a ayudarme a  hacer  los dobladillos ?

La mirada expedita de la anciana brillaba mientras extendía sobre su falda los pañales albísimos.

- Claro que voy a ayudarle - y Paula la abrazó un poco, con reservas, tal vez por miedo de revelar su soledad; pero más ratito. Me siento pesada. Déjame caminar un poco, que de otra manera se va a atrasar todo este asunto - y se dio un papirotazo en el vientre, con un esforzado buen humor.

La madre sonrió complacida, y puso otra vez  la mano en la manivela.

IV

Hoy he visto un rebaño interminable pasar delante de nuestra casa. No eran ovejas completamente blancas; algo de tierra tenían, pero mucha más pudieron haber cogido en el camino. Iban algo cansadas pero todas se miraban y seguían. A ratos no se veía sino una inmensa piel blanca, una sola: se estiraba atenta hacia un punto lejano pero luminosos. De pronto vi un angosto, un mínimo espacio oscuro que se corría hacia un extremo del rebaño, cada vez mas hacia el final; hasta que quedó afuera. Era el perro, que no apetece alfalfa, que no hubiera querido ir con las ovejas, que no va a hallar un compartimento para él donde dormir, al final de la carrera. Y el perro, siguió caminando, y ya debe ir muy lejos; siempre detrás de las ovejas, porque así tiene que ser.

Hay tanta gente buena, Andrés. Es horrible: todos tienen como las ovejas un idioma común que me suena a simple, pero yo no logro entender. Se ayudan y se perjudican con la misma necesidad los unos de los otros. Hasta se parecen de cara; sonríe uno y sonríe el otro, y cuando se dan las espaldas, lo hacen pensando en ése al cual agravian. Son buenos porque se buscan  cuando se necesitan, y se esquivan cuando se repelen, obedeciendo a impulsos que alguien ha puesto en ellos. Nosotros no somos así,  ¿verdad? ¿Cómo llamar " buenas personas" a aquellas que se alejan de lo que quieren y que van en pos de lo que detestan?

Te voy a contar algo extraño que me pasó en la noche de San Juan. Yo estaba sola, y se me antojó llamar a todas las inquilinas a una comida en el viejo bosque de eucaliptus. Todos me ayudaron; preparamos puerco asado con betarragas y colgamos calabazas encendidas de las ramas. A los troncos amarramos un espejo cuadrado para cada uno de nosotros; para mirarnos la sombra agorera, como ellas llaman a las doce. Estaba contenta, aunque hablábamos poco. (Ellas sonríen, más de lo que hablan, y tienen una curiosa manera de comer como pensando qué están  comiendo. Toman los cubiertos con respeto, mirándolos todo el tiempo). Todas teníamos, junto al vaso, una vela y fósforos. Había también velas que nos iluminaban la mesa; y el viento arrastraba las llamas produciendo ese chasquido leve que acompaña a los muertos cuando se velan: ese chasquido que una no sabe si es enteramente de este mundo. Entre risa, fuimos con nuestras velas encendidas  a los espejos. A mi me tocó el último espejo; después, más allá, seguía el bosque negro, y yo me puse de soslayo para no mirarlo. Cuando alcé las velas hacia el espejo para ver mi rostro, apareció tras de mi la temblorosa cara de Gabriel. Estaba solo, y acercaba a mi su cabeza, que no sabe sujetar. Se me apegó como esos perritos que suelen hallarse en las casas abandonadas y que corren a dejarse mimar por cualquiera persona. Volvimos, tomadas de las manos, a la mesa; El daba saltitos de complacencia, a mi lado. Desde entonces, yo me siento inconfundiblemente ligada a él.

       
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