Rosa Cruchaga de Walker

Si se me preguntara cuál ha sido mi mayor falla en mi expresión poética, yo respondería pluralmente. Mi principal error fue el afán de esconderme, con pudor tradicionalista. Por callar demasiado los tabúes anatematizados por la Iglesia preconciliar, dejé inexplícitas en mi poesía algunas realidades que, en tiempos en que escribí esos poemas, la sociedad juzgaba como crudas. Así, con buena intención escamoteé bellezas creadas por Dios. Este defecto se ve especialmente en mi libro "Después de tanto mar". En él la simbología encubridora llegó a tal exceso, que hay poemas que al correr de los años, incluso para mí, resultan apenas comprensibles.
Otro error lo constituyó, mi "conceptismo" exagerado. Resultado de una admiración —de enana— hacia la gigantesca figura de don Francisco de Quevedo. Esta falla se notaría especialmente en el pequeño libro titulado "Otro cantar", publicado como separata, por revista "Mapocho". En esta obra, y específicamente en el poema "Desayuno con Pandora" el defecto sobresale. No obstante este mismo texto fascina a un gran vate chileno, al cual le parece logradísimo.

Este es el poema "Desayuno con Pandora":

Mi miedo a esta "merme helada"
por mi pan viene avanzando.
Pandora tapa el envase
con sus eternos jamases.

Revuelvo unos "tés remotos"
que Pandora va expandiendo.
Y están sonándome roncos
estos terrones deshechos.

La leche huyendo a las llamas
ya sube y casi se asoma.
Tras que mi servido acaba:
se habrá de quebrar la loza.

Mientras consumo este zumo
de diluviosa manzana,
casi en futuro conjugo:
cuanto Pandora estrujaba.

El pan que dora Pandora
cruje bailando en mi boca.
Y aunque el tostador yo llevo:
Pandora lleva el pandero.

Debo aclarar que el conceptismo, como juego de palabras a nivel de diálogo, ha sido característica de los Cruchaga. Recuerdo que desde los 6 años, cuando ya fui admitida en la mesa de adultos, me fascinaba escuchando, a la hora de almuerzo, las escaramuzas verbales con las que tan bien se entendían mi padre y el huésped sabatino: Miguel Cruchaga Tocornal.

Por último, esta lista de defectos estilísticos la completo mencionando mi desmedida afición por la fonética: resultado de mi entusiasmo por los cursos del profesor Ibarra. Y que al contrario del error antes señalado (el conceptismo), me hizo sacrificar la semántica en pro de una presunta suavidad expresiva.

Mis encuentros con los únicos Premios Nobeles que he visto son de muy desigual memoria. Para conocer los restos de Gabriela Mistral viajé desde Mulchén, de un nocturno a otro. Y tras larga cola en torno a la Universidad de Chile la divisé, por fin... Estaba en su traje de corte (con que recibiera el Premio Nobel) rodeada de cirios y fotógrafos. Estucada en un postizo maquillaje, como tal vez ella jamás lo aceptaría en vida.

A Vicente Aleixandre, por razones de encargos de exégetas de su obra, lo visité tres veces, en Madrid. Pero no guardo de él un recuerdo positivo. Lo hallé demasiado prudente y poco definido. Yo estaba ávida de conocer los pormenores de la Guerra Civil, y del duelo que dejaran en España las muertes de García Lorca y de Miguel Hernández. El gran surrealista Vicente Aleixandre llegó al colmo de los "ismos", al mostrarse sorprendido por mi preocupación. Como los afectos suelen ser recíprocos, me aventuré a comentarle insidiosamente que sus respuestas evasivas me desconcertaban. Pues no sabía si ubicarlo entre los "mansos" (que aprobó el Sermón de la Montaña) o si entre los "tibios" (rechazados por la boca divina). Y él me sonrió mansa y tibiamente. Del tercer Premio Nobel que conocí guardo una insuperable impresión. Pablo Neruda salió al encuentro cuando llegué a Isla Negra en 1969 ó 1970.

Recuerdo que fue el día en que se suicidó José María Arguedas. Yo traspuse su puerta del jardín y vi desprenderse la figura de Neruda desde la construcción del fondo como un pequeño mascarón de proa. Abriendo los brazos exclamó: "Rosa, llevo 10 años esperándote". (Se refería al año 59, cuando el premio Alerce por mi libro "Descendimiento". Me había entonces llamado a través de su secretario, pero las condiciones domésticas mías no eran proclives para concurrir). Esa tarde, hablamos unos tres cuartos de hora, sentados sobre el asiento en forma de piragua, que él tenía frente al mar. Habló con devoción de Delia del Carril, luego rozó temas que suponía de mi interés, y memorizó dos versos de un poema mío. La mirada se le confundía con el horizonte al mencionar el desaparecimiento de José María Arguedas. Yo hacía alusiones entrecortadamente teológicas y ramplonas, y Neruda parecía que quería creer. Cuando entramos a casa, donde estaban Matilde y el pintor Carreño y su esposa, me puse insoportablemente tímida. Sólo quería escapar hacia el coche, que me esperaba en el camino. Y Neruda como una letanía, repetía: "No te vayas, Rosa. Dile a tu suegra que entre, y dile a tu marido. No te vayas, Rosa. Diles que entren".

         
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